Ni en las películas más distópicas habría quedado tan claro: Donald Trump está intentando quedarse con el control absoluto de los medios de comunicación en Estados Unidos. Lo hace desde dentro del propio gobierno, a través de un cambio técnico que casi nadie notó… hasta que explotó el escándalo.
Durante una comparecencia pública en Washington, el presidente de la FCC —el organismo que regula la radio y la televisión en EE.UU.— fue abucheado en vivo y ridiculizado por intentar explicar el nuevo plan de Trump para entregar las licencias de transmisión a sus aliados políticos. La escena fue tan humillante que hasta los empleados federales, muchos de ellos sin sueldo por el cierre del gobierno, terminaron riéndose de él.
Lo que parecía un simple abucheo se convirtió en una radiografía perfecta del colapso institucional de Estados Unidos: un gobierno que se ríe de sí mismo mientras destruye la libertad de expresión.
El plan oculto detrás del shutdown
Mientras el país sigue paralizado por el cierre del gobierno, Trump está moviendo sus fichas por debajo de la mesa.
El truco es este: cambiar las reglas de propiedad de medios para permitir que una sola corporación pueda controlar el 85% de la televisión local en todo el país.
El proceso comenzó silenciosamente el 3 de octubre, el mismo día que inició el shutdown. Coincidencia… o no tanto.
¿El resultado?
Si la propuesta se aprueba, ya no importará qué canal pongas: todos repetirán el mismo guion, una versión nacional de Fox News disfrazada de pluralidad local.
El presidente de la FCC, Brendan Carr, es el encargado de ejecutar este movimiento. Su misión: reescribir las reglas para que los grandes conglomerados mediáticos —como Nexstar Media o Sinclair— puedan operar sin límites.
En pocas palabras, Trump quiere que todos los noticieros del país hablen con su voz.
La jugada: control político disfrazado de reforma técnica
La FCC, ese organismo que casi nadie conocía, se volvió ahora la herramienta clave para consolidar el poder mediático del presidente.
Carr presentó su propuesta como una “modernización” del sistema. Pero lo que en realidad busca es borrar el concepto de interés público y reemplazarlo por lo que él llama “alineación con los valores del Ejecutivo”.
En otras palabras: la prensa solo podrá existir si comulga con el poder.
Este tipo de control no es nuevo. En México, lo vivimos con Televisa y TV Azteca, que durante décadas moldearon la opinión pública al gusto de los gobiernos en turno.
La diferencia es que Estados Unidos, que presumía de “libertad de prensa”, está repitiendo exactamente el mismo error que tanto criticaba.
El caso Jimmy Kimmel y el silencio obligado
La censura ya comenzó.
Trump, a través de la FCC, presionó a ABC y Disney para suspender temporalmente a Jimmy Kimmel, el comediante que más lo ha criticado.
Carr incluso presumió haberles dicho: “¿Lo hacemos por las buenas o por las malas?”
La amenaza quedó registrada en el Senado y muestra con claridad el clima actual: miedo, autocensura y represión mediática.
Mientras tanto, más de 800 mil empleados federales siguen sin cobrar por culpa del cierre del gobierno. No porque falte dinero, sino porque Trump está usando el presupuesto como arma política para chantajear al Congreso y distraer la atención de su verdadero objetivo: el control informativo.
30 días para el fin de la televisión libre
El proceso de aprobación ya está en marcha. Habrá 30 días de “consulta pública”, otros 30 para responder comentarios, y después… adiós libertad de expresión.
La televisión pública de Estados Unidos tiene los días contados.
Y cuando todo sea una copia de Fox News, la gente buscará refugio en plataformas como YouTube —donde los comunicadores independientes aún pueden hablar sin guion impuesto—.
Pero incluso aquí, ellos saben que somos el siguiente objetivo.
Pero lo que ocurrió después no tiene nombre…
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