Lo que está pasando dentro del Partido Republicano no tiene precedentes. Por primera vez, son los propios aliados de Donald Trump quienes le están exigiendo renunciar a la presidencia de Estados Unidos. No hablamos de los demócratas, ni de los medios, sino de los mismos políticos que lo defendieron con uñas y dientes durante años.
El colapso ya es visible: figuras republicanas históricas están saltando del barco antes de hundirse con él. Gobernadores, congresistas y líderes locales anuncian su ruptura con Trump mientras el país se desmorona entre inflación, desempleo y un gobierno paralizado por falta de presupuesto. El “Make America Great Again” se convirtió en un grito vacío en medio del caos.
Y lo más irónico: mientras todo esto ocurre, Trump presume en sus redes sociales que decoró la Casa Blanca con oro de 24 quilates y que pronto curará el cáncer con tecnología alienígena. Así de desconectado está del país que debería gobernar.
El derrumbe del imperio Trump
Lo que antes parecía un movimiento político sólido hoy se está fracturando desde dentro. El exgobernador Jeff Duncan, republicano de toda la vida, anunció que abandona el partido y competirá como demócrata. Dijo textualmente que ya no reconoce al Partido Republicano “porque perdió su brújula moral”.
Ese golpe simbólico fue devastador. Si alguien como Duncan, uno de los pilares del conservadurismo, se cambia de camiseta, significa que el liderazgo de Trump se está desmoronando. Y no está solo: otros gobernadores, exfuncionarios y hasta congresistas locales están haciendo lo mismo.
Un país al borde del colapso
Mientras tanto, Estados Unidos enfrenta un shutdown total. Millones de empleados públicos sin sueldo, oficinas cerradas, y una inflación que devora los salarios. El costo de vida está por las nubes, la renta es impagable y el sistema de salud se tambalea. Y en medio de todo esto, Trump presume el oro de su oficina y publica videos delirantes sobre “camas alienígenas” que, según él, curarán el cáncer.
El contraste no podría ser más grotesco: un país en crisis con un presidente obsesionado con teorías ridículas y símbolos de lujo. Hasta sus aliados más fieles están admitiendo en público que Trump ya no está bien mentalmente. Mike Johnson, su aliado más cercano en el Congreso, lo reconoció abiertamente en televisión: “Algo anda mal”.
La fuga republicana ya empezó
El fenómeno no se limita a Washington. En estados como Georgia, Trump negó ayuda federal a comunidades enteras solo por ser demócratas. Millones de estadounidenses fueron castigados por su voto. La economía local colapsó, las obras públicas se detuvieron y empresas como Hyundai detuvieron inversiones tras redadas masivas contra migrantes con documentos legales.
Ese tipo de decisiones arbitrarias —mezcla de venganza política y xenofobia institucional— son las que están empujando a más republicanos a romper con él. Incluso empresarios y donantes conservadores están retirando su apoyo, alarmados por el rumbo autoritario y paranoico de Trump.
Promesas vacías y conspiraciones absurdas
El discurso del presidente se ha convertido en una lista interminable de promesas que “llegarán en dos semanas”. Dos semanas para curar el cáncer. Dos semanas para crear millones de empleos. Dos semanas para construir el muro fronterizo. Nada llega. Solo aumentan los despidos, los precios y el miedo.
Trump gobierna con paranoia, resentimiento y una mezcla peligrosa de culto personal y teorías conspirativas. Ya no hay estrategia ni plan económico. Solo improvisación, manipulación mediática y un intento desesperado por mantener a su base distraída.
Un país dividido, un líder acorralado
El resultado es un Estados Unidos roto. Trump convirtió el gobierno en un espectáculo de caos permanente, y ahora ni su propio partido quiere seguirle el juego. Las deserciones son el reflejo de algo más profundo: el fin del mito del “salvador”.
El Partido Republicano enfrenta su mayor crisis interna desde su fundación. Y el país entero, mientras tanto, paga las consecuencias de tener un líder más preocupado por su imagen que por los millones de ciudadanos sin empleo ni techo.
Pero lo que ocurrió después no tiene nombre…
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