Sí, el presidente de Estados Unidos quiso reactivar un plan ilegal para usar la Guardia Nacional como si fuera su ejército personal. Lo que no esperaba era que su propio sistema judicial le diera un manazo histórico, exhibiendo su intento de usar el poder militar contra su propio pueblo.
Y aunque él quiso ocultarlo, ya no hay manera: los documentos, las órdenes y las declaraciones oficiales lo confirman.
La historia es tan absurda que cuesta creerla… pero todo ocurrió este fin de semana.
La invasión que fracasó antes de empezar
Mientras millones dormían, Trump intentó firmar una orden de emergencia para desplegar tropas en Portland, Oregón, alegando que la ciudad estaba “en caos absoluto”.
La realidad era otra: no había disturbios, ni insurrección, ni ninguna amenaza que justificara la presencia militar. Solo un presidente fabricando enemigos imaginarios para justificar una guerra interna.
La jueza que detuvo la orden —designada por el propio Trump en 2019— dictaminó que no existía ninguna base legal para intervenir militarmente en una ciudad que ni siquiera había pedido ayuda.
Su fallo fue contundente: “No pueden invadir esta ciudad con tropas de ningún estado.”
Lo peor para Trump fue que su propio abogado del Departamento de Justicia se desmarcó, incapaz de defender la locura presidencial. “Eso está por encima de mi sueldo”, dijo ante el tribunal. Una frase que ya pasó a la historia.
Gobernadores en rebeldía y planes paralelos
Mientras eso ocurría, el gobernador de Texas, Greg Abbott, ya había activado tropas estatales para intervenir en Chicago, otro bastión demócrata.
Trump pretendía usar soldados de un estado para invadir otro.
Era una operación política, no militar: una ocupación interna disfrazada de “restablecer el orden”.
El gobernador de Illinois lo denunció abiertamente en televisión nacional, confirmando que la Casa Blanca intentaba ejecutar una invasión sin autorización local.
El propio asesor de Trump, Stephen Miller, lo justificó con un lenguaje alarmante: “El despliegue de tropas es una necesidad absoluta para defender la República”.
Palabras que recuerdan a regímenes que terminaron muy mal.
De presidente a autócrata
Trump cerró el Congreso enviando a los republicanos a casa. Sin supervisión, sin contrapesos, intentó gobernar por decreto, usando a los militares como herramienta política.
Ese fin de semana, en un acto oficial frente a la Marina en Virginia, comparó a los demócratas con “insectos que hay que aplastar”.
Un lenguaje de guerra que evoca los discursos más oscuros del siglo XX.
Mientras tanto, el país se hunde en inflación, caos sanitario y desempleo. Más de 20 millones de estadounidenses están a punto de perder sus subsidios de salud.
Y millones cruzan cada semana hacia México para comprar medicinas, gasolina o comida más barata.
Paradójicamente, el sueño americano ahora empieza del lado mexicano de la frontera.
El verdadero colapso
Trump dice que defiende a Estados Unidos, pero lo está empujando hacia el abismo.
Intentó invadir sus propias ciudades, callar a sus opositores y usar al ejército contra su propio pueblo.
Lo frenó una jueza, pero su obsesión por el poder no terminó ahí.
Y mientras Washington colapsa, los estadounidenses comunes huyen a México para sobrevivir.
Pero lo que ocurrió después no tiene nombre…
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